▪ Cultura del Agua ▪

El canto profundo

Quienes habitamos el dulce milagro del litoral y hemos sentido desde la aurora inicial las primaveras del alma cerca del agua, jamás podremos vivir sin el río, sin la paciencia ancestral del cauce que nos define y nos abraza definitivamente.

Por Roberto Romani

Andrés Chabrillón observaba desde la ribera “la espuma y el arrullo de sus labios”, que ahora “se confiesa con las arenas finas, canta con su inmensidad un secreto de honduras y distancias marinas, con una susurrante canción de intimidad”.

Juan Laurentino Ortiz advertía en su lejano y querido Puerto Ruiz que “las ramas tenían voces, que no llegaban hasta mí; la corriente decía cosas que no entendía”, para relatar más tarde: “de pronto sentí el río en mí, corría en mí, con sus orillas trémulas de señas, con sus hondos reflejos apenas estrellados”.

“… jamás podremos vivir sin el río, sin la paciencia ancestral del cauce que nos define y nos abraza definitivamente”

En su memorable Luz de provincia, Carlos Mastronardi evoca las instancias felices y también las angustias del que respira junto al río: “He vivido en las costas y anduve un año entre islas. Las crecientes traían animales extraños, y la grata zozobra de escuchar agua brava, entre el clamor extremo de los campos ahogados”.

Ernesto Bourband transita en “anatómicas chalanas de largos remos dorados, goteando soles y lunas en domingos y veranos. Blanco carrousel de euforia con manduvíes de estaño, y altos álamos que miran la salida de los barcos”, mientras Reynaldo Ros, en Paraná, poco antes del adiós definitivo, confesaba: “Añoro yo el lugar nativo, entre lo azul, sobre barrancas…Es el hogar con el esmero de nuestra madre y nuestra hermana, con su recuerdo en nuestra ausencia, con el fervor de su plegaria”.

Desde su limpio mirador en Concordia, Marta Zamarripa asevera: “En las catedrales de agua de la ribera amada, imploré al sueño del regreso del soñador. Hojas de hierba azul crecieron en mis pestañas y en lo umbrío del recóndito verano vi todos los destellos del día, derramados sobre los hombros de un jinete. Una garza de levísima espuma levitó, espléndida”.

En el mismo corazón de la Selva de Montiel, Miguel Ángel Federik presiente: “Cuando baje el Gualeguay; cuando recobren su sintaxis las urdimbres del sauce, las palabras serán piedritas de colores en la orilla. Cuando música y eco de palas de remos de canoas invisibles reverberen entre vapores y colinas; cuando baje el Gualeguay”.

Porque acepto con mi amiga Lidia Vinciguerra que “cuando uno tiene muchos años es más curioso de los cielos que aventurero de la tierra”, hablo con los abuelos dormidos junto a los ríos nombradores de la eternidad, celebro el encanto volandero de la contemplación extasiada con los amigos del alma; abrazo la ternura del supremo hacedor de los espejos esenciales y vivo la fresca sonoridad de la corriente antigua de los afectos crecidos.

Navego, entonces, hacia los puertos infinitos de la esperanza y entrego mi corazón a la sublime caricia del canto profundo, en la raíz del agua; donde nace, como un niño, la estrellita del gozo.

Fuente: El Diario.

Entre Ríos Museo Antonio Serrano Ecourbano Cuidadores